sábado, 26 de junio de 2010

El Origen de la festividad de San Juan Bautista

La festividad de San Juan Bautista el día 24 de Junio, (muy cercano al solsticio de verano, alrededor del 21 de junio), en España es una festividad de celebración múltiple en muchos pueblos, entre los que está Los Villares, celebrando esta fecha con grandes hogueras y procesiones.

Muchos son los rituales propios de la noche de San Juan, la víspera del 24 de Junio, pero todos giran en torno al ensalzamiento del fuego. De hecho, este es el festival del fuego por antonomasia, el rey de los festivales del fuego hasta el extremo de que el culto pagano del fuego y las hogueras, se han conservado más que en otras fiestas, y la costumbre popular ha mantenido su práctica incluso dentro del mismo cristianismo, aunque éste no ha podido dar una explicación religiosa convincente de dicho hábito. El gran protagonista de la Noche de San Juan es el fuego, cuyo fin no sólo es rendir tributo al sol, sino también purificar los pecados del hombre. Antiguamente se realizaban fogatas reducidas en las que se calentaban papas o batatas, que luego eran ofrecidas a los asistentes para así asegurarles alimento suficiente durante todo el año. También se arrojaban a las llamas ropas viejas, papeles, y cualquier objeto que representara un mal recuerdo, y así se exorcizaban los malos sucesos de los doce meses anteriores.

Otra costumbre relacionada con la Noche de San Juan es la caminata sobre el fuego. Los devotos preparan caminos de brasas de dos metros de largo por un metro de ancho y caminan descalzos sobre ellos sin sufrir daños. La celebración es acompañada con bailes, comidas y bebidas.

Realmente la noche del solsticio es la del 21 de Junio aunque la Iglesia la ha adaptado a la festividad de San Juan.

Muchas son las creencias que hasta hace poco perduraban en los pueblos, relacionadas con esta mágica noche, destacan las siguientes:



Según se cree, en el exacto momento en que el sol ilumina el amanecer del día 24, las aguas de fuentes y arroyos están dotadas de poderes especiales para curar y brindar protección a la gente.

Quien se baña en el rocío que cae esa noche quedará protegido durante todo el año.
Meterse desnudo y de espaldas al mar, mirando la luna, permitirá a quien lo haga obrar ciertos prodigios.

Quien se coloca debajo de una higuera con una guitarra en sus manos puede aprender a tocarla de forma inmediata.

Los solteros y solteras que al comenzar el 24 se asomen por la ventana de su casa verán pasar al amor de su vida.

Si se quema un papel donde se haya escrito aquello que se quiera olvidar, se puede lograr bienestar por todo el año.

Si una mujer salía en la noche de San Juan de su casa, descubriría el nombre de su futuro marido fijandose en el nombre del primer hombre que cruzase su puerta (esta tradicion estaba muy arraigada en Los Villares).

Quien madrugue el día 24 no pasará sueño el resto del año.

En Andalucía al igual que en Canarias, España, se hacen hogueras con un pelele (muñeco de trapo similar a un espantapajaros) denominado "Jua" (quemar el Juan), (noche de los juanes)y en las zonas costeras el rito se hace cerca de la orilla del mar, con peticiones y promesas de muy diversa índole.

El solsticio de verano coincide con la maduración y recolecta del fruto de la higuera de higos negros (exteriormente negros) denominada breva.

lunes, 24 de mayo de 2010

Luis Heredia Barragán, vecino de Los Villares y escritor altruista


El joven abogado jiennense, residente en Los Villares, autor de la novela "Sandalio, el silencio de los inocentes" afirma haber sentido una gran pasión por la lectura y la escritura y que de la mano de Almirante, ha visto editado el primero de los cuatro trabajos novelísticos que ya tiene escritos.

Heredia cuenta que la novela incluye muchos ingredientes. Está ambientada en la Guerra Civil española, concretamente en las andanzas de un grupo de milicianos aldeanos que acuden en defensa de la República a Guadalajara; entre ellos se incluye Sandalio, el 'tonto del pueblo', que va en busca de su madre. Allí se topará con un mendigo, que le enseñará los horrores de la vida, pero también conceptos como la amistad y el amor

El autor comenzó a escribir a finales del año 2006. Pero su actividad ha sido incesante desde entonces ya cuenta con otros títulos ('La luz entre las tinieblas', 'Las piedras imperfectas del camino' o 'La muerte camina con zapato de tacón alto'), a la espera de ver la respuesta del público a su opera prima.

«Siempre he estado obsesionado con el tema del holocausto judío y tenía ganas de escribir sobre el tema, de ponerme en la piel de aquellas personas», manifiesta el abogado y escritor, que invita al lector a perderse en una historia que sobre todo califica «de amor» y que promete no dejar a nadie indiferente.
Pero lo curioso de la historia de Luis Heredia Barragán no es sólo la afición que le ha llevado a escribir seis libros en cuatro años (tiene cuatro que aún no han sido publicados y que lo serán próximamente), sino que, además, los beneficios que obtiene con la venta de sus obras, que están gustando mucho al público, los destina siempre a obras benéficas. En el caso del primer libro, la recaudación fue para la Asociación de Síndrome de Down y en este segundo las ganancias irán destinadas a los damnificados por el terremoto de Haití.
Por afición
Foto de la noticia: Luis Heredia, un abogado que escribe con humor sobre la Guerra Civil
«Afortunadamente puedo vivir de mi profesión de abogado y si con esta afición de escribir puedo ayudar a quien lo necesita, pues mejor que mejor», manifiesta Luis Heredia que, al menos de momento, es un escritor totalmente altruista. «No sé si algún día la escritura me dejará tanto dinero como para retirarme de la abogacía, pero mientras tanto seguiré destinando el dinero a causas benéficas, me recompensa el hecho de la gente lo lea».


Sandalio, el silencio de los inocentes de :

Guadalajara, plena Guerra Civil. Los milicianos no dan crédito con la tropa que acaba de irrumpir en el campo de batalla: treinta aldeanos, todos dignos de un psiquiátrico. Entre ellos el Susto, el Bombetas, la Maruja, el Niño Cantor, el Oscuro, la Cucaracha… Si no fuera por Sandalio, el aparente mudo y tonto del pueblo que va junto a ellos en busca de su madre desconocida, y el extraño anciano –y sus dos ratas, las dos Marías-, la aventura, mezcla de horror, comicidad y estupefacción, no habría sido lo mismo.






LA LUZ ENTRE LAS TINIEBLAS
"Mi nombre no importa. Fui una más. Tuve la suerte de que Dios quisiera que viviera para contar al mundo lo que sufrió mi pueblo a manos del demonio…" Así comienza una novela llena de ternura, amor, odio y crueldad. La historia quedará grabada en la memoria de todo el que opte a su lectura y, además, permanecerán en sus vidas los inolvidables personajes que la pueblan: Jacob, Tío Abraham, Mordechai, Oswald, Endre, Ernest, Alfred… La vida de un abogado judío que pierde a sus dos hijos pequeños de hambre y frío en el guetto de Varsovia en plena ocupación Nazi y que por razones del hilo invisible del destino que mueve toda existencia, termina enrolado en la resistencia Judía en los bosques de Varsovia. Con esas premisas, se conducirá al lector por los vericuetos inimaginables del dolor, de la locura, del deseo, de la luz que ilumina en lo oscuro del túnel en que a veces se convierte la vida propia. Visitarás de su mano lugares tan emblemáticos como Varsovia, la cárcel Pawiak, el campo de concentración de Sobibor, los bosques de Polonia, la Catedral de San Juan… Una historia de amor que no dejará a nadie indiferente y que te sorprenderá aún más cuando comprendas que la persona que lo escribió, no vivió el Holocausto Judío, pero es capaz de acercarnos hasta él como si el autor se hubiera incrustado como un espectador en el centro de las vidas de nuestros resistentes...

domingo, 21 de marzo de 2010

Juan Carlos Abril, poeta villariego




Juan Carlos Abril nació el siete de enero de 1974 en Los Villares, provincia de Jaén. Licenciado en Filología Hispánica; Teoría de la Literatura y Literatura Comparada; y Filología Románica; actualmente prepara su tesis doctoral y es Becario de Investigación de FPU en el Departamento de Literatura Española de la Universidad de Granada. Ha residido dos años en Exeter, al sudoeste de Inglaterra. En 1996 consiguió el Premio Federico García Lorca con Un intruso nos somete, Granada, Universidad, 1997, reeditado en Castellón, Ellago, 2004; y en el año 2000 un accésit del Premio Adonáis con El laberinto azul, Madrid, Rialp, 2001; su tercer libro de poemas se titula Crisis, Valencia, Pre-Textos, 2007; y ha cuidado la edición de Copias rescatadas del natural, de José Manuel Caballero Bonald, Granada, Atrio, 2006. Ha traducido, junto a Stéphanie Ameri, obras de Pier Paolo Pasolini, Henri Michaux o Filippo Tommaso Marinetti. Forma parte de numerosas antologías, entre las que destacan 10 menos 30. La ruptura interior en la poesía de la experiencia, de Luis Antonio de Villena, Valencia, Pre-Textos, 1997; Yo es otro. Autorretratos de la nueva poesía, de Josep M. Rodríguez, Barcelona, DVD, 2001; o Veinticinco poetas españoles jóvenes, Madrid, Hiperión, 2003. También ha publicado crítica literaria y poemas en diversas revistas como La Estafeta del Viento, Litoral, El Maquinista de la Generación, Sibila, Revista Atlántica, Renacimiento, Clarín, Campo de Agramante, El fingidor, Texturas, Ultramar, Prima Littera, La página, La Poesía, Señor hidalgo, Cuadernos del Matemático, Númenor, Señales de humo, Istmo, Hélice, etc. Dirige asimismo la revista Paraíso.








-POESÍA:

Un intruso nos somete (1997, 2004).
El laberinto azul (2001).
Crisis (2007).

-OTROS:

Edición de Copias rescatadas del natural, de José Manuel Caballero Bonald (2006), ensayo.
Traducción, introducción y notas de Los Indomables, de Filippo Tomasso Marinetti, en colaboración con Stéphanie Ameri (2007), novela.




1996: Premio Federico García Lorca de Poesía de la Universidad de Granada.
2000: Accésit del Premio Adonáis.



Últimamente considero que es mucho más importante el espacio que el tiempo en un poema, porque el espacio, de un modo u otro, abarca al tiempo, o quizá simplemente porque durante varias décadas la poesía de carácter temporal ha predominado sobre la espacial, o, incluso más, porque el tiempo es una de las determinaciones del logocentrismo monológico occidental que tanto detesto. No es una cuestión de forma sino de estructura, no una cuestión de semántica sino de sintaxis. Y esos bucles de la vida cotidiana, que son el lugar donde reside la poesía, lo que en realidad están creando son espacios paralelos, refugios donde resguardarse, claro, ya provistos de tiempo y de todas las coordenadas necesarias para formar el efecto de ilusión. Pero no siempre funciona, en este sentido, el efecto espacio-tiempo. En los sueños, sin llegar a ser surrealismo de lo que hablo, se ve claro: son espacios que conviven, y el tiempo, si acaso, es simultáneo, es una especie de no-tiempo. El eje cronotópico es un método estupendo para desenmascarar las coordenadas en las que se desenvuelve el antropocentrismo, en el que nos desenvolvemos, un paso importante en el análisis de nuestra sociedad, pero la verdadera ciencia es la topografía, y debemos mirar a través de los ojos de una estación total. La ciencia, sin embargo, también es insuficiente para explicar la poesía. La ciencia es sólo una aproximación al contenido, la poesía su continente.
Para entender esos trasvases de lo cotidiano a nuestro mundo personal y subjetivo sólo podemos recurrir a un proceso de racionalización profundo en el que se pongan en juego esos mismos mecanismos de racionalización, es decir las herramientas con las que trabajamos. Cuestionar nuestro método. No contemplar a la abeja y a la flor como entidades diferentes y pertenecientes a diversos ámbitos, sino colegirlos unidos, alimentándose mutuamente. Y el día a día pone en contacto estructuras mucho más complejas de lo que pensamos: nosotros mismos, nuestras relaciones sociales, la cultura… Así, la ironía, la comunicación intersubjetiva, el conocimiento intrasubjetivo y las necesidades expresivas, privadas o colectivas, hacen el resto. Un poeta debe indagar, creo, en su propia voz, no convertirse en alguien previsible. Un poema es un estado de ánimo, pero los estados de ánimo dependen de la historia. Los sentimientos también son históricos y asimismo nosotros somos seres históricos, seres sígnicos No sólo hay que tener en cuenta la poesía de la experiencia sino la experiencia de la poesía. La buena poesía no se debe a escuelas ni a corrientes ni a estilos.

(Mayo 2006 — Juan Carlos Abril).




ESPACIO

Llegas de cualquier sitio
y, elegido al azar,
sin mapas, sin señales,
el otro lado esconde la sorpresa
feliz y azul.
Entonces permanece la ruptura
intacta. Entonces fuera o dentro impide
su difusión.
El viaje trae un orden en cadena,
un movimiento ansioso que repite
su dispersa memoria:
ya nadie nos indica que el error
desconocido o su secreto
sirva robado y oprimido,
tiempo arenoso que se va.

Todo va a ser abandonado.

(De El laberinto azul, Madrid, Rialp, 2001, p. 35)

***


ESPACIO

Llegas a cualquier sitio
a través de un poema:
el mundo viaja solo, y tú también
en su infinita red de vanidades
te dejas arrastrar
por símbolos, deseos,
buscando su sabor
con recuerdos gastados.
No te canses. Tampoco insistas.
Para qué preocuparse.
Quien más quiere avanzar más retrocede
en este laberinto donde olvidas
el único color de los matices,
su frágil soledad difuminada,
y arrojas sus palabras al vacío
y al caos.
Nunca el caos, camino equivocado.

(De El laberinto azul, Madrid, Rialp, 2001, p. 53).



Antologías:

VILLENA, Luis Antonio de (1997): 10 menos 30. La ruptura interior en la poesía de la experiencia, Valencia, Pre-Textos.

RODRÍGUEZ, Josep M. (2001): Yo es otro. Autorretratos de la nueva poesía, Barcelona, DVD.

G. GARCÍA, Ariadna; LÓPEZ GALLEGO, Guillermo; y TATO, Álvaro, coords. (2003): Veinticinco poetas españoles jóvenes, Madrid, Hiperión.

Artículos:

ABRIL, Juan Carlos (2003): «Poesía y compromiso», en José Manuel Mariscal y Carlos Pardo, eds., Hace falta estar ciego. Poéticas del compromiso para el siglo XXI, Madrid, Visor, 2003, pp. 25-29.

ABRIL, Juan Carlos (2004): «Somos el tiempo que nos queda, de J. M. Caballero Bonald», en Campo de Agramante, n. 4, otoño, Jérez de la Frontera, Fundación Caballero Bonald, 2004, pp. 105-117.

-

Diseminación

Los poemas que nunca escribiré
se han convertido en humo

afirmativo y en volutas
que no desaparecen, se disuelven.

Blanco humo de las chimeneas
que contiene poemas de todos los colores.

De "Crisis", 2007


Don de la ingenuidad

Cuando regreses
a la ciudad verás las ilusiones
que madrugan con sus acentos
incapaces de desprenderse
del pasado, que ignoran
lo mismo que nosotros.

Tú ni siquiera sabes por qué vives,
cómo es posible limitar
la realidad de varias formas,
si es tuyo este deseo
en la utopía de los débiles,
rebeldes, nunca hermosos.

No dormirán las culpas hasta tarde
y en su espiral el ruido
con su dragón ajuglarado
bisbiseará un nuevo día:
Horarios imposibles,
beata actividad.

Contra ti mismo cuántas veces;
cuántos modos conoces
de hacerte daño.
Ya no quedan violines
y la melancolía de las fuentes
posee menos memoria
que sentido común.

He de explicarlo casi todo.
El tiempo, como un herpes, su sintaxis
sin posibilidad. Irás
pero no volverás.
Este país tiene la pata herida.

Yo quise destruirme
fregando platos,
dije lo que me apetecía.

En los desfiladeros
de mis eses,
con el afán
de principios de curso
superé mi propia rutina
y eliminé
lo que no soportaban.
Unos dicen que ha muerto,
otros que nunca morirá.

Aún así
te convences con poco.

Colono de una lengua
que hoy sigues recordando,
quiero reírme
de esas largas genealogías
mientras diseño aquí mi casa:
encinas y palmeras,
tamarindos,
palabras con descuento
e insistencia:
es tu virtud.

Y otro episodio
dentro de ese vacío
infantiloide
que debes aceptar
intermitente,
la descripción de un personaje
con flexibilidad: ser puente o río.

Inédito

El clavo

Todo lo revivido se estremece.

Repites las historias muy despacio
con los nombres del mundo de los muertos
pues lo bello, al final, resulta triste.

Las huidas sin carrera son la imagen
grotesca de los sueños, el agua que se escapa
entre las manos y, por eso, prefieres
cambiar aquellos nombres y lugares, dejar
sólo los hechos con los sentimientos
que arrastran.
Puede ser una señal
y casi te deslumbra.

En el dolor, no obstante,
el abrazo es más rápido que un cepo.

Ser uno mismo, sí, pero antes ser de otros.

De "Un intruso nos somete", 1997

El vigía

Veo en el horizonte un humo verde
reptando, caprichoso,
igual que una culebra entre las rocas.
Y cerca, en el camino a mitad de este sendero,
la verja vegetal que lo recubre
lujosa, decadente,
escarchadas y lánguidas
clarean unas ramas.
Parecen tensas venas que sujetan
a punto de partirse este paisaje
en la ventana de la fantasía.

Protege la muralla.
Y cómo cubre cárdena su imagen
y oscila en la penumbra,
cómo se pierde, y cómo se difunde.

Justo ahí donde empieza la escalera,
una escalera natural
de piedra, justo ahí es donde paro,
y me vuelvo otra vez.

Y aquí yo, y tú también,
ya nosotros.
Con miedo incluso, incluso
incertidumbre, en triple dirección.
Con la mano temblando al escribir
esta venérea milicia, noble
título, y mucho más real; pues sabemos
que no nos pertenece casi nada,
que todo es suyo y nuestro,
y que yo no soy nadie.
¿Algo es mío?

¿Cómo es posible ahora
escuchar su advertencia?
¿Cómo estar en lo cierto
y descifrar los símbolos osados
que la belleza desinteresada
rasga en nuestras imágenes?
¿Preguntas
indefinidamente sin respuesta?

Daré la voz de alarma
ante cualquier extraño movimiento.
Tengo explícitas órdenes
de tirar a matar.


De "El laberinto azul", 2001



Elegía

La noche es el escudo
que abarca su mirada,
la tierra que rodea
desde el riesgo a la tumba.

Ya amanece
en la posada del acantilado
donde cuelga un farol
y un letrero que gime en las tormentas
infernales de invierno.

Aquí vibra el dominio de la espada,
mano que empuña su destino
libre y que atraviesa
el territorio de la dignidad.
Yo prometo
la tierra de los sueños,
lejana de las leyes de los hombres
que ahora contemplamos.
Voz inerte,
viento, nostalgia. No te apresarán
los perros convocados que persiguen
el olor de una muerte fugitiva,
ni cederán el hambre, los pies siempre cansados,
la persistencia del dolor.
Yo sé
que este horizonte púrpura consigue,
como fuego y presagio,
el rastro insoportable de la cólera,
la luz de la esperanza.


De "Un intruso nos somete", 1997

Emoción breve

Por la escalera azul de la mañana
el deshollinador.

Su piel de escamas y sus cejas
serpentinas, felices

bailan. Todo podrá cambiarse,
dice. Nada me toca.

De "Crisis", 2007



Espacio

Llegas de cualquier sitio
y, elegido al azar,
sin mapas, sin señales,
el otro lado esconde la sorpresa
feliz y azul.
Entonces permanece la ruptura
intacta. Entonces fuera o dentro impide
su difusión.
El viaje trae un orden en cadena,
un movimiento ansioso que repite
su dispersa memoria:
ya nadie nos indica que el error
desconocido o su secreto
sirva robado y oprimido,
tiempo arenoso que se va.

Todo va a ser abandonado.

De "El laberinto azul", 2001



Espacio 2

Llegas a cualquier sitio
a través de un poema:
el mundo viaja solo, y tú también
en su infinita red de vanidades
te dejas arrastrar
por símbolos, deseos,
buscando su sabor
con recuerdos gastados.
No te canses. Tampoco insistas.
Para qué preocuparse.
Quien más quiere avanzar más retrocede
en este laberinto donde olvidas
el único color de los matices,
su frágil soledad difuminada,
y arrojas sus palabras al vacío
y al caos.
Nunca el caos, camino equivocado.

De "El laberinto azul", 2001



Flor pensativa

A Stéphanie Ameri

Entonces entender es la fractura,
otra omisión
que no se justifica.
Vas surgiendo
desvaída en el punto en que se rompe
aquel olor de hojas que la brisa
como una nueva explicación del mundo
distrae, alegremente.
Estás sentada.
Tan despeinada y pálida después
del esfuerzo infeliz y del trabajo.

No hay repetición.
Son nombres
que ofreces al azar y, sin embargo,
impensables sin esa compasión
que crece derramada por tu boca,
ese licor de la imprudencia.
Ahora
descansas. Estás sola.

Y es un filo brillante
que a todo da sentido, siempre ahí
desde lo más oscuro, sin ser dicho.

De "El laberinto azul", 2001



Galope

Lejos la extraña luz
que atraviesa la noche, y más extraña
la luz de los poemas, este espacio
tan breve que ilumina
hacia adentro y nos punza.
Como si la distancia
que apenas calculamos,
se desbocara sola
arrastrándonos fuera,
lejos de todo. Lejos.

Se parece al deseo
de ser nosotros, sí, nosotros mismos
ahora, mas no hay nada,
no hay almas.
Hay relojes
antiguos con delgadas manecillas
locas, y lentos medallones de oro
prendidos en tu pecho.
Como una inmensidad que nos rodea
sin sentido, a nada nos reduce
y abandona lo suyo.

La soledad es ciega y es salvaje.
Sujétate a sus crines despeinadas
y agárrate bien fuerte.

De "El laberinto azul", 2001



Tormentas breves

Se avecinan veloces
las nubes del oeste.

¡El agua buena comprimida!

Este refugio oscuro.
Nuestro dolor.

De "Crisis", 2007



Traición

Este mundo de enfrente se encarama
donde puede y es tuyo sin saberlo,
a tu vida traiciona sin buscarlo
y no tienes la culpa.

En el pasado
fuiste feliz con la tranquilidad
de aquellos sueños, todas las promesas:
habitaba en tu mente un bosque inmenso
y siempre te asombrabas
con el murmullo de las caracolas.
Te sentías seguro en sus manos, protegido
por la mirada noble y bondadosa del padre.
Detrás de su existencia sólo había
una debilidad única: tú.

Nunca
más brillarán los ojos como entonces,
víctima de una infancia
demasiado perfecta.

De "Un intruso nos somete", 1997

libro: Crisis

Pre-textos, Valencia 2007, 79 pp.

Metamorfosis de la palabra



Por Ángel Luis Luján
Fotografías: Antonio Lafarque

Stéphane Mallarmé vertió gran parte de sus ideas estéticas en una conferencia titulada «Crisis del verso». Entre otras cosas se podía leer allí: «ni lo sublime incoherente de la composición romántica ni esta unidad artificial, de antaño, medida en bloque para el libro. Todo se vuelve suspenso, disposición fragmentaria con alternancia o enfrentamiento, que contribuye al ritmo total, el cual sería el poema callado, a los blancos; solamente traducido, de alguna manera, por cada elemento de sustentación». La salida que buscaba Mallarmé a una poesía de corte romántico o puramente declamatoria (o prosódica al estilo de Victor Hugo) parece todavía vigente, y las palabras que acabo de citar cuadran perfectamente para describir gran parte de la poesía joven actual y en especial el libro que acaba de publicar Juan Carlos Abril.

Juan Carlos AbrilY es que la poesía, como tantas cosas fundamentales, siempre ha estado en crisis, ya que su cometido fundamental es situar al lenguaje en un espacio crítico por partida doble: el que observa a la realidad desde la mirada enjuiciadora de lo irrealizado y aquel en que el lenguaje empieza a señalar a su más allá; retomando a Mallarmé: «el verso que de varias vocablos confecciona una palabra total, nueva, extraña a la lengua y como incantatoria, acaba con el aislamiento de la palabra».

Juan Carlos Abril, con este libro, acertadamente titulado Crisis, lleva al lenguaje también a un punto de inflexión, al lugar donde la modernidad lírica alcanza un extremo a punto de caer en la irrepresentabilidad e incomuniación postmoderna o ser salvada en esa «palabra total» de que habla Mallarmé. El fragmento, la asociación suspendida o irracional, el juego de contrastes, la constante apelación a la tradición, son el signo externo de este combate en el seno de la historicidad de la lírica.

También en la evolución personal de Juan Carlos Abril este libro supone una crisis. De los poemas más figurativos, a veces en la estela del simbolismo, y de ambiente rural de Un intruso nos somete (1997, con reedición en 2004), el poeta pasó en el El laberinto azul (2001, accésit del premio Adonáis) a una expresión en que la frase larga, expansiva fundía varios niveles de representación haciendo del poema una caja cerrada de resonancias y sugerencias. Ahora, en Crisis, encontramos un brusco giro hacia la esencialidad y el despojamiento; la reflexión cede lugar a la sensación y la impresión instantánea, y lo figurativo se diluyen en un juego de correspondencias secretas y contrastes en yuxtaposición, generando un inquietante juego de voces y tensiones significativas.

El libro se estructura, a mi parecer, como un viaje hacia el mundo de los muertos, esa dimensión ininterpretable e inapelable de la existencia, partiendo de la estación del aire y la ciudad, que es el ámbito del deshollinador, pasando por el mundo vegetal, ya cerca de lo inorgánico, para desembocar finalmente en el agua de los muertos; un trayecto que tiene mucho del Eliot de The Waste Land.

Dos hilos conductores, uno de carácter sintáctico y otro temático, sirven para representar este viaje a las entrañas de la nada o de la totalidad (según se mire): la técnica del contraste y el tema de la metamorfosis. No dejan de ser, en realidad, dos caras de la misma moneda, ya que el contraste es la condición formal necesaria para que haya un cambio de estado, una metamorfosis.

El contraste, como técnica compositiva, recorre el libro de principio a fin. Buen ejemplo de ello son los emblemáticos dientes del deshollinador, un espacio absolutamente blanco en medio de la negrura, o la fusión de invierno y primavera que se da en «Súper andrógina» (p. 39). El contraste, que a veces llega a oposición («la realidad irrealizada», 61), se convierte en este poemario en un signo de continuidad paradójica ya que obliga al lector, debido al carácter fragmentario de la escritura, a buscar el puente que lleva de unas palabras a otras o de unas nociones a otras, como en el poema «Tormentas breves» (p. 15) en que pasamos de la amenaza de lluvia al dolor como un refugio. Lo vemos explícitamente en «Clases de lucha» (p. 27) cuyo título es ya todo un icono del juego de alusiones y transformaciones: «Cada viaje es el último / continuamente electrizado: / ¡su discontinuidad se anuda!»; el fenómeno mismo de la discontinuidad, el andar siempre de camino hacia algo, constituye una continuidad en constante crisis y ruptura. De hecho, el poema continúa con un elemento contrastante que ya no tiene que ver con el viaje: «en otra canción nueva», elemento de contraste que añade a la reflexión inicial existencial una dimensión metapoética.

La palabra, pues, se mueve en ese tránsito entre el sentido y su anulación o cambio de trayectoria al contacto con otras palabras; el lenguaje está en continuo movimiento, resbala sobre sí mismo, porque la realidad ya no puede presentar tampoco anclajes seguros para el significado. Ello viene expresado en la fórmula de opuestos: «Todo podrá cambiarse, / dice. Nada me toca» (p. 13). La realidad, y el lenguaje, están sometidos a un ciclo de cambio continuo porque nada puede ser atrapado. La palabra es un estado de excepción al que nada toca y su naturaleza es la pura indefinición que no necesita de nada externo para significar. De ahí la sensación de la lectura de este libro entre lo definitivo y lo inaprensible.

El tema de la metamorfosis comienza con la figura inaugural del deshollinador, ese ser híbrido descrito como un reptil: «Su piel de escamas y sus cejas / serpentinas, felices» (p. 13). Más tarde, en «Diseminación» los poemas se convierten en humo (17), que a su vez por paronomasia se transforma en el «humor» del siguiente poema. Nada permanece y todo se transforma y se funde: las palabras, la realidad sensible y los estados de ánimo. Las dimensiones de la experiencia están en continuo flujo. La «burbuja» del poema «Pacto» es el símbolo de lo que, como la escama, nos aísla y nos «reduce a lenguas puras» (p. 21), a un lenguaje intocado a la vez que nos metamorfosea en «una negra / moneda con su propia luz» (nuevo juego de transformación y alusión: moneda-mónada) de camino hacia una imposible continuidad «en el momento más feliz del día». O el sueño está clausurado o no significa nada, y con todo, la palabra tiende puentes. La luz, en sus diversas transformaciones, es otro de los símbolos recurrentes del poemario, es una luz veloz hecha gramática (p. 23), la luz de la tormenta, la luz del mediodía, la luz negra que arrojan algunas cosas, el prisma que convierte la luz natural en el espectro, igual que la palabra irisa los significados o los funde, depende de cómo orientemos su prisma.

Esta metamorfosis, el momento de crisis en que continuidJuan Carlos Abrilad y ruptura se dan simultáneamente, afecta también a toda la tradición poética que es aquí recogida con una doble finalidad: la de poner de manifiesto el tema de la transformación y la de someterla a ella misma a transformación, dejando en claro su verdadera esencia de lenguaje cambiante y permanente a la vez. Así, la segunda parte del libro toma como lema la advertencia dantesca a la entrada del infierno: «Deja aquí toda esperanza», pero en el epígrafe que abre la sección aparece otra cita del Inferno: «Qui si convien lasciare ogni sospetto». El texto dantesco, como paradigma, es mostrado en su propia variación y movimiento, a la vez que sirve para reflejar la indeterminación del libro de Abril entre la actitud de confianza y de sospecha que afecta al lenguaje y al mundo.

Sumamente interesante en este sentido es toda esta segunda parte que, con sus imágenes vegetales, se convierte en una especie de deconstrucción de las Metamorfosis de Ovidio. Central es en esta parte el mito de Apolo y Dafne: «en la persecución seremos vegetales» (p. 43), que nos deja la inquietante pregunta: «¿Por qué las cosas se persiguen / con más placer que se disfrutan?» (p. 47). La idea de fuga y persecución que está en la base del mito es sometida aquí a un trabajo imaginativo que la pone en relación con lo absurdo de los fines: el prestigio, el deso de perdurar, pero a la vez, por la riqueza del lenguaje, con el género musical de la fuga y su correlato poético, dando paso al mito de Marsias, transformado por Apolo en flauta donde «algo se cumple / o se descifra» (p. 43).

Si corremos tras lo que nunca conseguiremos (y aquí el lenguaje de Abril recibe un poco de aquel espíritu alegórico y selvático de los libros medievales), la palabra misma debe estar también siempre en fuga, como demuestra el verso «Ver significa primavera» (p. 43). La huida y la metamorfosis del lenguaje estriba en que la historia ha convertido, accidentalmente, el término latino en una palabra española que ya no significa primavera. Toda una fábula sobre el sentido poético.

La tercera parte, titulada «Una matriz de histeria», con un nuevo juego etimológico, establece continuidad con la anterior a través de nuevo de una paronomasia: la «fotosíntesis» de lo vegetal es ahora la «fotografía» como resto, como metamorfosis engañosa de la luz. El tiempo es, no ya el momento solar de las selvas simbólicas, sino el del amanecer desolado, poblado de cadáveres, de total descreencia que hace hablar al poeta de «tópicas mariposas» (p. 57), y que desemboca en el espacio mítico de la laguna estigia, el agua de los muertos. La fuga se hace imposible, el hombre ha viajado desde el niño imaginativo que se podía extasiar ante la sonrisa del deshollinador hasta la madurez que clausura la juventud y los sueños: «Crece la juventud pudriéndose / en sueños donde se ahoga» (p. 67), y con todo existe una posibilidad de salir: «No te hundas, despierta» (p. 69), de que la inmersión en el agua de los muertos se convierta en un baño lustral del que resurgir transformado. Quizá lo que salva es la conciencia, ganada a lo largo del viaje, de la inestabilidad del todo, de que «nada hay eterno» (como se titula el epílogo), de que la totalidad está al mismo tiempo cerrada y abierta. Si la escritura pone de manifiesto lo fugaz e inatrapable de la vivencia, es al mismo tiempo una protección, un cierre en sí mismo, con lo que se enlaza con el inicio del poemario: «Nada me toca». Estamos en los umbrales de la elegía, entre la desasistencia del ser y el refugio de la escritura como sentido impuesto al mundo, y este libro, deconstructor de tantas cosas, ¿por qué no deconstructor de la elegía, ese cauce privilegiado de la poesía contemporánea? ¿Por qué no una elegía de la elegía?

Quedan tantas preguntas como sentidos se pueden extraer de este poemario magistralmente compuesto en metros endecasílabos, heptasílabos y un meritorio eneasílabo (pocas veces transitado en la poesía española) que aquí contribuye a esa sensación de indefinición, de lo que debería completarse hasta sonar como endecasílabo (el metro rey) pero que se detiene y se cierra en sí mismo antes de tiempo. La tradición métrica se somete, así, también a transformaciones al servicio de un verso altamente imaginativo, lleno de rupturas que se abren a lo innombrable y de momentos de patente plenitud.

Josep María Rodríguez y Juan Carlos Abril (La Estación Azul)

Juan Carlos Abril nos habla de la antología de poesía joven 'Deshabitados', en la que se estudian las estéticas de los últimos años y se recogen algunos de los creadores más interesantes del momento.

sábado, 27 de febrero de 2010

La Puente Baja












La Puente Baja es un enclave donde desde tiempos inmemoriales, existieron una serie de rústicas pero eficaces vías de comunicación denominadas cañadas reales, cordeles o veredas; que posibilitaban el transito de unos lugares a otros, fomentando las relaciones humanas y comerciales, y sobre todo los desplazamientos de los rebaños, entonces básicos en la organización comercial, industrial y agroalimentaria de los pueblos. Por esto, desde su creación en 1273 hasta 1836, el Honrado Consejo de la Mesta veló rigurosamente por el mantenimiento y el buen uso de estos caminos.
Una de aquellas vías de comunicación era la Cañada Real que partía de un descansadero de Jaén "Pilas de Riocuchillo", seguía por la falda de Jabalcuz hasta "Portichuelo de Castro", y desde allí descendía hasta llegar a Los Villares, donde se unía con otra cañada que procedía de Martos.
Esta cañada gozó de gran importancia a partir del siglo XV, pues una vez conquistada para Castilla el reino nazarí de Granada, hacía posible la comunicación JAÉN-GRANADA a través de la ruta JAÉN - LOS VILLARES - VALDEPEÑAS - CASTILLO LOCUBÍN - ALCALÁ LA REAL.

Fue pues un camino muy utilizado en tiempos medievales por los ganaderos, empleado una y ora vez en las expediciones logísticas y militares que precedieron a la campaña de Los Reyes Católicos para conquistar Granada y frecuentado de forma habitual cuando en el siglo XVI se plantea el gran proyecto de la colonización de la hasta entonces abrupta y solitaria Sierra de Jaén, por lo que por nuestro desaparecido puente debieron de transitar todo tipo de personajes, desde campesinos en busca de nuevas tierras, hasta ricos señores de la nobleza y reyes que viajaran a Granada.
Durante la mayor parte del año el río bajaría con un caudal escaso, pero fue para las épocas de lluvia cuando este crecía fuertemente por lo que se levantó dicho puente, era necesario uno que fuese sólido y resistente, que permitiera tener siempre libre el camino Jaén - Los Villares. Nacía así el denominado PUENTE DE LOS VILLARES, que ya bien avanzado el siglo XVI y creado y habitado el pueblo, se comenzó a conocer por "LA PUENTE BAJA" para diferenciarlo de otros puentes existentes en el curso del alto río.
Se desconoce cuando se levantó exactamente tal puente, algunos equivocadamente se apresuraron en datarlo en época romana, lo que no es muy probable. Ya el historiador villariego Don Eduardo Campos (1870 - 1957) lo señalaba cuando escribía en 1922:
"... se ha dicho que no pertenecía a la época romana, sino que estaba levantada en tiempos posteriores, quizá hacia el evo medieval y seguramente por alarifes pertenecientes a la Edad Media".
La Puente Baja debió construirse a expensas del Concejo de Jaén en la Edad Media. Fue muy utilizada y por su posición geográfica debió señalizar un descansadero de gran amplitud, que marcaba el final de una etapa de camino ya que aun no se había levantado el pueblo.
Un hecho tan significativo como los "Hecho del Condestable" al consignar que una de las expediciones guerreras que la gente de Jaén acaudillada por el Condestable Don Miguel Lucas de Iranzo dirigió contra los moros de Montefrío, en el Reino de Granada, hace esta referencia datada en lunes 16 de Enero de 1463 "... E luego el lunes en la tarde partió de Jaén el Condestable con hasta 600 rocinantes y 2000 hombres de pie y muchas paveses y escalas y lombardas y serpentinas y otras artillerías de guerra y fue a dormir a LA PUENTE DE LOS VILLARES, que es a una legua de Jaén, camino de Alcalá la Real por la Sierra, con la mayor alegría que se podría pensar ni decir y con tanto secreto que personas de cuantas iban con él no sabían donde iban ..." Esta cita nos muestra el simbolismo referencial que tenía La Puente Baja de Los Villares en el siglo XV.
Su utilidad practica era indudable y en las actas del Ayuntamiento de Jaén, a quien correspondía el mantenimiento y conservación del puente, es frecuente localizar acuerdos a ello referentes, tomados sin duda, tras algunas lluvias torrenciales.
Así, en el acuerdo de 14 de Octubre de 1500 consta que los regidores de la capital: "... mandaron tomar de los maravedíes de la obra ... dos o tres mil maravedíes para obrar la PUENTE DE LOS VILLARES ... e después se tornará a la obra los dichos maravedíes ...". Y en otro acuerdo del 30 de Enero de 1555 se dice : ".. En este día la ciudad mandó que Francisco de Escolana, albañil, vaya a ver la Puente de Los Villares y el daño que tiene y reparo que le es menester..."

Más tarde, cuando a partir de 1539 el pueblo de Los Villares contó con su propio Concejo, fue ya este el encargado de atender a la conservación y mantenimiento de la Puente Baja.
Lo cierto es que durante siglos este puente tuvo un protagonismo esencial en la diaria comunicación con la capital, conservando el paraje de la Puente Baja su antiquísimo papel de descansadero. A ello aluden viejas tradiciones, que aseguran que allí descansó en su litera la Reina Doña Juana, cuando fue a Granada a dar definitiva sepultura a los restos de su amado esposo Don Felipe, y lo mismo se dice que hizo el Beato Fr. Diego José de Cádiz cuando por aquí anduvo misionando a finales del siglo XVIII.












El puente, construido en recia sillería trabada con una fortísima argamasa, tenía casi 30 metros de longitud y la caja de su calzada era sumamente angosta, pues apenas superaba los 2 metros. Disponía de 2 ojos dispuestos en arco de medio punto, cada uno con uno 2´5 metros de radio. La altura desde el lecho del rió hasta la clave del arco era de 3´5 metros. Entre ambas arcadas existía un recio tajamar semicilíndrico que las separaba. La calzada, viniendo desde Jaén, ascendía en suave rampa hasta el centro del primer arco, descendiendo luego suavemente.



A uno y otro lado la delimitaban unos estrechos y recios pretiles de poco altura.










































Las sucesivas reparaciones efectuadas sobre el puente original acabaron por desfigurarlo algo, por lo que a comienzos del presente siglo su visión frontal era un tanto asimétrica. Cuando en 1913 Don Enrique Romero de Torres acometió la apasionante tarea de visitar los pueblos jiennenses para redactar su catalogo monumental, estuvo en Los Villares. Solo le llamaron la atención 2 cosas: - la Iglesia Parroquial y La Puente Baja, de la que redactó esta ficha: numero 218 "Poco antes de llegar a Los Villares hay un puente romana de la calzada que partiendo de por el camino viejo iba a Los Villares, de aquí a Valdepeñas, y de allí continuaría hasta Alcalá la Real pasando por las ruinas de Encina Hermosa. No he podido hacerme con una lápida con inscripción romana que se ha descubierto recientemente próxima al sitio donde está el puente romano que doy a conocer. Y acompañaba esta ficha con dos fotografías. Para entonces La Puente Baja dejaría de cumplir su función viaria.


La construcción de la carretera J-C3221 Jaén – Alcalá la Real había forzado a trazar un nuevo camino, unos metros aguas abajo y a levantar un moderno adecuado al transito de vehículos a motor. Además unas grandes avenidas reiteradas en los primeros años del siglo forzaron el antiguo cauce del río creando un amplio meandro con sus aluviones, lo que hizo que La Puente Baja se quedara en seco. Tal circunstancia, hizo posible un estudio directo pero a la vez inició su camino a la ruina, pues al quedar sin uso y totalmente accesible, en buena parte oculto por la vegetación silvestre, hubo algunos desaprensivos que poco a poco le fueron arrancando sillares para aprovecharlos en otras construcciones y se pudo extender un rumor nefasto para el puente que aseguraba que un vecino había encontrado un tesoro oculto entre las rocas que componían su estructura, lo que abría hecho que ilusos buscaran fortunas en él, y poco a poco lo redujeran a ruinas.
Todavía en 1922 estaba en pie y en aceptables condiciones, siendo meta de las excursiones y visitas que desde la capital promovían el cronista Alfredo Cazaban.
En la actualidad, solo se conservan una ruinas descuidadas y olvidadas por todos, son los últimos destellos crepusculares de una Edad Media brillante, que terminaran por desaparecer sin dejar rastro alguno tarde o temprano.
Parece ser que las ruinas que se conservan pertenecen a trozos de la parte media superior del puente, lo que significaría, que parte de él, se conservaría aún hoy enterrado bajo la tierra que el río habría ido arrastrando hasta ocultarlo, el pueblo de Los Villares no puede olvidar a su puente más preciado, los villariegos y el Ayuntamiento deberíamos hacer algo al respecto, si es que aún se puede... en recuperar sus ruinas y conservar lo que queda de él tanto exteriormente como bajo tierra (si es que realmente sigue ahí), conservaríamos una parte importante de nuestra identidad local y histórica y sería un buen lugar de paseo junto al río.